Daisy Coleman, Nosotras no te olvidamos!

El viernes 8 de agosto disfruto tranquila de mis últma tarde de playa. Entre el ruido de las olas, la brisa y la música de un altavoz cercano doy un repaso superficial a las redes sociales. Como siempre, cargaditas de malas noticias.

Leo Un post que cuenta cosas que ya sé. Habla de Daisy Coleman, de su violación cuando era una niña a manos de 4 tipos mayores que ella. De cómo uno de ellos, Mathew Bannet, el dueño de la casa dónde se produjo, era nieto de un senador y no pisó nunca la cárcel. Y relata el trabajo de Daisy como conferenciante y su participación en el documental de Netflix, “Audrey y Daisy”. Todo esto ya lo sé, repito, porque vi el documental en su momento, y me llama la atención porque justamente le hablaba de él a mí amiga en una conversación sobre el peligro de las redes sociales para las chavalas de ahora. No solo son violadas, o abusadas, ahora además son perseguidas y estigmatizadas por ello y todo eso se convierte en un entretenimiento a tiempo real para gente sin corazón, que las llama “guarras” y “mentirosas”. El documental cuenta cómo Audrey se suicidó y Daisy intenta superar lo sucedido, se junta con otras chicas que han sufrido lo mismo, creando una red de apoyo para luchar contra el estigma. Ojalá la vergüenza cambiara de bando. Sigo leyendo el post, mi modo de lectura es tan similar al de una ameba que aún no me he preguntado por qué alguien (Simplemente ellas) se está tomando la molestia de contar todo esto ahora, tanto tiempo después del estreno del documental, pero esa pregunta sin formular enseguida encuentra una respuesta: “Daisy se suicidó ayer. Tenía 23 años”. La noticia me deja tan perpleja que en un primer momento me niego a creerla. Me agarro absurdamente a la posibilidad de una noticia falsa, de una broma cruel, de algún tipo de malentendido. Pero lo busco y en seguida aparecen varios medios hablando de ello. Mencionan una investigación y el suicidio como causa probable, su madre lo ha dicho claramente en redes: “mi hija se suicidó esta noche”. La noticia que leo sobre su muerte, todavía habla de su “presunta violación”. Nadie fue condenado, solo Daisy, en realidad, que fue condenada a ser perseguida, insultada, vejada y cuestionada, además de, imagino, a vivir acompañada del recuerdo de esa noche horrible.

Me meto en el mar, intentando que las olas arrastren mis lágrimas y mi pena y se la lleven lejos. Pienso en lo mucho que me afectan los suicidios de mujeres jóvenes que han sufrido la injusticia; Patricia Heras, Eliza Kendall y ahora Daisy Coleman y reflexiono sobre cómo hacer para que nuestra herstory, el relato de las vidas de las nuestras, incorpore también a las perdedoras, a las que no pudieron más y se rindieron, porque gran parte del mundo las abandonó y nosotras no podemos hacerlo.

Cuando consigo dejar de llorar, vuelvo a la toalla disimulando. Sé que si mi amiga me pregunta qué me pasa me voy a echar a llorar y me siento hasta un poco ridícula por mi reacción. Pero al final mi amiga se da cuenta, y se lo acabo contando y acabo efectivamente llorando y sintiéndome ridícula. Pero poco a poco, al ir contándolo, la tristeza y la vergüenza se convierten en enfado. De mi boca escapa un torrente de rabia infinita. Porque, como dicen por ahí, dos noticias juntas se entienden mejor y la violencia, el acoso y la impunidad que acabó con la vida de Daisy se entienden mejor con la reducción de condena de Alberto Quintana para que no entre en prisión. Alberto es el tipo que difundió la imagen de la víctima de los sanfermines del 2016 mientras la llamaba “golfa borracha”. Ella dejó de estudiar porque gracias a él la gente la reconocía, pero él podrá seguir sin problemas con sus oposiciones a policía y su vida de ultraderechista misógino.Y una tercera noticia, la audiencia de Girona absuelve a dos acusados de violación en grupo por falta de pruebas. Ni siquiera el hecho de que robaran el móvil a la víctima desmiente la relación como consentida, “más allá de toda duda razonable” Y es que parece que lo razonable es seguir pensando que las mujeres mentimos. A pesar de la violencia que debemos soportar cuando denunciamos una violación o abuso sexual, parece que lo hacemos sólo para molestar. Supongo que para muchos es más fácil pensar que las mujeres somos unas mentirosas que aceptar que muchos hombres son violentos y despreciables. Sin embargo, también estoy segura de que muchos tipejos como Alberto Quintana o quienes acosaban a Daisy saben de sobra que ellas están diciendo la verdad y es por eso por las acosan, para hacerlas callar.

Yo intento encajar toda esta rabia con el antipunitivismo y no me sale, la verdad. También recuerdo en estos momentos el discurso de Despentes sobre la violación. Así muy resumido, aunque os invito a leer “Teoría King kong”; ella explica que la violación todavía se entiende como el robo del honor, y de ahí viene la imagen popular de que la violación es lo peor que te puede pasar en la vida, que es una imagen patriarcal y que no tiene por qué ser así y que no siempre es así. Y aunque esto, resulta interesante y cargado de potencial político transformador, también me resulta difícil de encajar con las mujeres rotas por la violencia sexual que tengo a mi alrededor. Gracias a estas amigas valientes que rompen el silencio y cuentan su experiencia, yo he podido observar cómo la violencia sexual afecta a la vida de algunas mujeres, cómo mina su autoestima y limita su autonomía, cómo las expulsa o al menos las intenta expulsar de los espacios de poder y de prestigio y cómo todo esto es una herramienta estupenda del patriarcado para que no nos terminemos de liberar. Si sumamos a todo esto que la violencia sexual en alguna medida está absolutamente presente en la vida de mujeres y niñas (no conozco a ninguna mujer adulta que no te pueda contar un episodio más o menos desagradable, más o menos traumático) tendremos un cuadro desolador pero muy revelador de cómo el sistema patriarcal se sustenta sobre nuestras cicatrices, nuestros traumas, nuestros miedos y a veces directamente sobre nuestros cadáveres. Por eso, volviendo a Daisy, pienso en cómo ella no se conformó, no se calló y entendió que el camino estaba en ser valiente y ayudar a otras, superar el miedo y la vergüenza y buscar redes de apoyo. Esto no debe ser una imposición más, tampoco, la obligación de denunciar a los agresores, de ser la superviviente perfecta, luchadora, combativa, el orgullo de Despentes. Cada una tiene que encontrar su camino, sea el que sea y a las demás nos toca, simplemente, acompañar.

Poema de amor

Hablan de patria, nosotras de barrios.

Aman una nación, nosotras el planeta.

Ondean una bandera, nosotras nuestra solidaridad.

Defienden sus privilegios, nosotras que nadie se quede atrás.

Luchan por el poder, nosotras por una sanidad pública y universal.

Les mueve el odio, a nosotras el amor, amor de loba defendiendo su manada, amor con uñas y dientes.

Heredan cargos y propiedades, nosotras historias de lucha.

Salen a la calle a agredir e insultar, nosotras a cuidar a las vecinas.

Temen la diferencia, nosotras la abrazamos.

Tienen orgullo, nosotras memoria y dignidad.

Su pataleta acabará cuando se salgan con la suya, nuestra lucha nunca termina.

Crónica barrionalista

 

Hoy me siento especialmente animada, he salido a dar un paseo a primera hora con un amigo y he vuelto muy contenta, ni si quiera tengo muy claro por qué. Tal vez por ir retomando cada vez más la vida social en persona, aunque no es el primer paseo que doy acompañada, o tal vez porque estamos buscando piso y hemos ido todo el paseo fijándonos en los balcones, al acecho de letreros de SE VENDE. Es bonito compartir algo tan lleno de posibilidades y a la vez que nos da tanto miedo como un cambio de casa, pero también influye el poder compartir el amor por Lavapiés, recorrer cada rincón, hablar de las calles que más nos gustan y las que menos, buscando el mejor sitio para vivir. Vamos teniendo conversaciones que se interrumpen constantemente, “mira, un letrero”, “a mí esta esquina me encanta, mira esa terraza” y se retoman en el mismo punto en que se quedaron, hablando de mil cosas a la vez. Quienes me conocen saben que soy barrionalista y que Lavapiés es una parte central de mi vida, pero sólo recientemente he nombrado este sentimiento cómo amor, y ahora me veo declarándome a cada paso, hablando con amigas y vecinas, haciendo fotos casi de forma compulsiva y confirmando mi lealtad a pesar de los cambios en el barrio. Sigue leyendo

El 15M en tiempo de pandemia. 9 aniversario

Y como no podía ser de otra manera, llega el 15M y nos buscamos para escucharnos y para pensar juntas. Pero claro estamos en tiempos de pandemia y eso dificulta ir a las plazas.  Dificulta pero no impide, decididas a tomar la CiberPlaza las compas del 15Global han propuesto una agenda muy interesante.

Porque aunque nos parezca que aquella acampada no sirvió de nada, yo no puedo evitar sentir los ecos en algunas cosas que están pasando. Es probable que sea porque yo descubrí en las plazas algunas de las luchas. En concreto estoy pensando en la Renta básica.

Lo importante es no olvidar que lo que nos hizo fuertes fue juntarnos y escucharnos. Tender puentes y no cavar zanjas. “Ponerle ruedas a nuestras trincheras” como me digo un vecino una vez.

Quiero compartiros una charla de José Luis Sampedro a la que tuve la suerte de acudir.  Nos lo decía en Junio del 2011 pero es igual de útil hoy. Como EL dijo que el 15M sea una escuela de pensamiento.

https://goblinrefuge.com/mediagoblin/u/revueltafeminista/m/jose-luis-sampedro/

Y como si no puedo bailar no es mi revolución, aquí os dejo la canción de la Acampada Sol. “que no es por ti, que es por la vida”

https://goblinrefuge.com/mediagoblin/u/revueltafeminista/m/la-clave-esta-en-sol/

YA SABES VECI, DIFUNDE Y ACUDE. ORGANIZA.

Algunas de las asambleas, de las muchas que hay.

¿Como estamos enfrentando esta crisis sanitaria? ¿ Como articulamos el apoyo mutuo?

¿que propuestas tienen los feminismos en esta crisis?

Objetivo: Darnos un espacio de encuentro e intercambio de como se está afrontando la situación actual de crisis desde diferentes espacios feministas (redes vecinales, etc) así como ante la crisis de justicia social y climática, el patriarcado y lo colonial; todo aquello sobre lo que están trabajando los feminismos y como cambiamos la mirada del mundo

Crónica de las banderitas de colores

Hoy cuando salgo a la calle veo una instalación de banderitas de colores, como otras que he visto en Lavapiés, de balcón a balcón de la calle, supongo que colocadas específicamente para este momento y con la colaboración necesaria de vecinas de distintos edificios. Esta destaca por lo compleja que es, con muchas filas de banderitas cruzadas, un corazón en el centro y un cartel muy colorido que dice “lo vamos a conseguir”. Sé que hay quien critica este tipo de carteles tipo “todo va a salir bien” por ser de un optimismo desconectado de la realidad, un poco positivismo de taza de Mr Wonderful que a mí, en general, me desagrada bastante, lo considero individualista y muy vinculado al modo de vida neoliberal. Y en este caso, además, es evidente que no todo va a salir bien, que para alguna gente ya esta saliendo mal y para otras muchas va a salir fatal, así que comprendo la crítica. Sin embargo, reconozco que a mí personalmente me puede el optimismo. En el fondo es que estar de mal rollo o preocupada me cansa un poco, soy poco constante para el miedo o la pena. Además me parece que la gente está expresando más una necesidad que una creencia, que se repite esto como un mantra, para hacer más tolerable la situación. Necesitamos herramientas para mantener la esperanza, las ganas, agarrarse a cualquier clavo ardiendo, ya sea con banderitas de colores en los balcones, cartelitos con arco iris o escuchar “Resistiré” a diario con las vecinas en el balcón, cada quien se busca las suyas, quién somos nadie para criticar las del resto (quizás quien esté hasta las narices del Resistiré a todo trapo todos los días, tenga algo que decir sobre esto). También los balcones hablan de que “la sanidad no se vende, se defiende”, no es todo arco iris y corazoncitos.

Mis banderitas de colores, a las que me agarro para no caer en el desánimo son las personas con las que me cruzo. Hoy mi vecina F. me ha dado dinero para que lo lleve a la despensa solidaria del barrio, estoy segura de que no le sobra. Me dice que el hecho de que alguien vaya a hacerle la compra le supone una ayuda enorme, que no nos podemos ni imaginar, me lo dice desde el corazón y a mí casi se me saltan las lágrimas. Después voy al Vips a comprar comida por segunda vez en dos semanas, cuando estoy pagando con tarjeta, lo cual es obligatorio, me doy cuenta de que no estoy dejando propina, y así se lo digo al trabajador según se me pasa por la cabeza. En seguida me responde que no me preocupe, “si nosotros lo que queremos es que vengan” y la frase me emociona por su sinceridad. En la bolsa también hay mensajes imitando una caligrafía manual “todo va a salir muy bien” “ánimo” que en este caso a mí me demuestra, más bien, como las empresas se apropian de las emociones humanas y me recuerda más al dichoso Mr. Wonderful.

Recuerdo con todo esto, que cuando iba a clases de danza oriental y hacíamos espectáculo de fin de curso, una compañera y yo siempre bromeábamos con una escena de “Shakespeare in love”. En ella, después de todo tipo de obstáculos en la producción de una obra, un personaje le dice a un mafioso, productor primerizo, “no te preocupes, al final todo acaba saliendo bien” “¿pero cómo?” le pregunta el mafioso escéptico, “nadie sabe cómo, pero al final, todo se arregla”. Mi compañera y yo nos repetíamos esto cada vez que fallaba el sonido, algo se rompía o había cualquier problema con alguna prenda de ropa. Volviendo encuentro, por fin, la primera librería abierta, muy cerca de casa, no puedo pasar porque ya hay alguien dentro y charla tranquilamente con la librera, pero saber que está abierta ya me da cierta sensación de que, si esto no se va a arreglar, al menos parece que tiene ganas de mejorar, aunque nadie sepa cómo.

Crónica del inicio de la desescalada

Hoy hace calor, pero está nublado, salgo con ganas de comprobar como se desarrolla esta fase que comienza. De momento he llamado a la peluquería donde me corto el pelo, pero D. no me ha contestado, normalmente no abre los lunes, pero pienso que quizás este lunes es la excepción, así que lo primero que hago es acercarme a la peluquería por si está abierta, no lo está. Veo que la mercería de Tribulete sí que ha vuelto a abrir, me hace ilusión, me dan ganas de entrar, pero no se me ocurre nada que comprar, así que me voy al mercado a comprar aceitunas de Campo Real, que son mi nueva droga. Dentro hay muy poca gente, supongo que por ser lunes, aunque en otro sitios sí que hay colas. Hay una caja de cartón en el suelo con un letrero que dice “despensa solidaria”, al lado hay un chaval que me mira y casi se decide a hablarme, yo no me acerco, porque ya he colaborado de otras maneras y no estoy muy comunicativa. Compro mis aceitunas y me voy a la frutería de Mesón de Paredes, hoy no hay sol, la cola de espera no es tan apetecible, pero ya me he acostumbrado a esta frutería, además, está cerca de Traficantes de Sueños, la librería, así que decido acercarme a ver si está abierta o hay algún cartel de cómo se va a organizar esta nueva fase. Está cerrada, segundo chasco del día. Solo hay un cartel explicando que atienden pedidos por el telefonillo. Vuelvo a la frutería, por el camino, veo a una mujer en una silla de ruedas en un cajero, parece que tiene dificultades, pienso en ayudarla, pero me temo que al ser un cajero, la mujer se asuste, en seguida le pide ayuda a un hombre que está justo a su lado, efectivamente no podía leer lo que estaba escrito porque le daba el reflejo y no llegaba, el hombre le explica que el cajero está fuera de servicio. Es una pena que la ciudad no esté pensada para todas.

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Crónica de los hombres en la compra

Ayer hablaba por teléfono con mi madre. Ahora me llama todos los días, yo creo que hay días que me llama dos veces, aprovechando la confusión temporal de esta cuarentena de día de la marmota. El caso es que le contaba que mi vecina F. me había pedido que le hiciera la compra otra vez, es el precio a pagar por no hacer el Pepe Viyuela con el carrito y las bolsas, ya se le han terminado muchas cosas, además, según me escribió por wasap, es el cumpleaños de su hijo pequeño. Cuando se lo cuento a mi madre, ella se alegra, así escribes otra crónica, me dice. Cómo no llevo bien las expectativas, protesto, que no se piensen que cada vez que salgo a la calle voy a escribir una crónica, pero no lo llego a decirlo en voz alta porque mi madre ya ha pasado al siguiente tema de conversación. Hablar con mi madre por teléfono requiere toda mi concentración, como me quede un segundo pensando ya me ha contado veinte cosas más y no me he enterado.

El caso es que hoy voy a hacer la compra a mi vecina, llego a su portal y lo primero que hago es pisar el suelo recién fregado del ascensor, el portero se lo toma con filosofía, si no eres tú, habría sido otra, reconoce. Hay que decir en mi favor que le pido disculpas antes de entrar, es que es un quinto, le digo, y que entro en el ascensor con ese paso grande, exageradamente cuidadoso, algo dramático, que parece querer decir “te piso lo fregao, pero poco”. (En realidad me doy cuenta de que le llamo “el portero” solamente porque es un hombre, solo le he visto fregar el suelo del ascensor, los otros días que he venido no estaba). Ya en la puerta F. me da las instrucciones precisas y me vuelve a recordar que no traiga mucho peso.

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Crónica de la infancia en las calles

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Es lunes 27 de abril por la mañana, estoy en mi casa tranquilamente cuando suena el teléfono. Es P. de Cuidados Madrid Centro. Me pregunta si puedo volver a hacer la compra para F. la vecina de la semana pasada, le contesto que sí mientras en mi cabeza acude un recuerdo de un carro a rebosar y dos bolsas de plástico llenas por las aceras de Madrid. (ver crónica anterior)

Salgo a la calle, hace bastante aire, las nubes y el sol libran una batalla que recuerda a la eterna batalla entre el bien y el mal (sí, es muy dramático, pero de verdad que necesitamos luz estos días) Los pocos ratos en lo que el sol va ganando sube la temperatura y la luz lo inunda todo por momentos. Los ratos que no, las nubes tienen esa presencia casi sólida, casi palpable que le dan al cielo esa textura como de algodón en distintos tonos de gris. La primavera se hace visible en el verde intenso de lo árboles en Lavapiés, da la sensación de que la naturaleza arrebata terreno a la ciudad, muy poco a poco. En la plaza de la Corrala la hierba se abre paso por entre los adoquines, dando una impresión de pradera en ciernes. En Madrid, ni siquiera bajo el asfalto está la playa, sólo hay hierba, una hierba tenaz y resiliente que se cuela por cada resquicio de cemento en cuanto nos descuidamos.

Llego a casa de mi vecina, en el ascensor me miro en el espejo, me queda bien la mascarilla, realza mucho mis ojos, pienso con ironía. F., que ya me ha dado las gracias de nuevo por wasap antes de empezar, me saluda y me regaña afectuosamente, que no haga lo mismo que la otra vez, me dice. Le pregunto si ha podido salir con sus peques estos días, contesta que no porque lo tocan todo y no se atreve, todo el rato que hablamos se les oye gritar en el salón, me comenta que hasta ha tenido ansiedad, le pregunto si le podemos ayudar de alguna manera para que puedan bajar a la calle, me dice que ya bastante hacemos llevándole la compra. Me cuenta que ya no queda nada de comida después de la compra de la semana pasada. Me da instrucciones sobre las ciruelas que están apuntadas en la lista, son sin hueso, deshidratadas, como las pasas que también están en la lista. Ante las ciruelas y las pasas mi cerebro hace una asociación de ideas y le comento “ah, claro, que estáis en Ramadán” e inmediatamente pienso si no será racista preguntarle esto sólo por su nombre, el acento y el pañuelo en la cabeza, pero me confirma que sí, están en Ramadán. Cuando voy saliendo me pregunto por qué he relacionado las ciruelas y las pasas con el Ramadán. Es evidente que cargamos la comida con significados, me pregunto si estoy exotizando y racializando las ciruelas y las pasas. Sigue leyendo

Crónica homenaje a Pepe Viyuela, con un carro de la compra en lugar de una silla plegable

Lunes 20 de abril, me llaman de la Red de cuidados de Madrid Centro para que vaya a hacer la compra a una vecina. Yo puse en el formulario que rellené al unirme a este grupo que podía hacer compras pequeñas porque no puedo llevar mucho peso. Esto es una compra para una mujer con tres peques, es una compra grande, pero no quiero decirle que no. Quien me llama me avisa que la vecina me dará un carro para hacer la compra y yo confío en que al llevar carro será más fácil.

Así que empieza la aventura de salir a la calle, intentar no ser parada por la policía, aprovechar para ejercitar la vista de lejos y no quedarme miope, disfrutar la sensación de estar en la calle, que me dé el sol, estoy tan concentrada en todo esto que me paso el portal al que voy. Llego a la casa de mi vecina, que le echa alcohol a la barra del carro de la compra y al monedero, me lo da, y me da algunas instrucciones sobre la compra, le doy el teléfono para que me mande alguna foto de algunos productos que son los que ella compra. Cuando estoy ya despidiéndome, me suena el tono de llamada del teléfono, es una música muy bailable y divertida, ella se ríe y dice que sus peques se han puesto a bailar.

Empiezo a hacer la compra y me doy cuenta de que la lista es bastante larga, incluye frutas, verduras, leche, pero yo tengo fe ciega en el carro de la compra, se nota que no estoy acostumbrada a usarlo y que no tengo mucha inteligencia espacial o cómo se llame eso, así que hago la compra entre la preocupación y el optimismo infundado de que el carro de la compra de esta mujer sea una versión renovada del bolso de Mary Poppins. He dejado el carro sin enganchar porque no sé cómo funciona lo de los enganches y la inquietud porque me lo roben se va transformando en miedo a equivocarme y llevarme uno que no es el “mío”. Cuando estoy en la caja, ya pasando la compra, me pregunta el cajero si voy a necesitar bolsa, le digo que es posible que sí, porque ya empieza a ser evidente hasta para mí que no me va a caber todo en el carro. Al final lleno dos bolsas más de las grandes totalmente llenas, además del carro a rebosar. Sigue leyendo

Más crónica del confinamiento (18 de abril)

Salgo a comprar fruta. Sale el sol de nuevo, tímidamente, después de unos días de oscuridad. Parece que cuando sale el sol salen de nuevo mis ganas de contar. Voy a la frutería de Mesón de Paredes, aunque las hay más cercanas, es una frutería de toda la vida. Como normalmente no compro mucha fruta, no sé si es mejor o peor o más cara o más barata que otras que tengo mas cerca. Pero me permite darme un mini paseo , está cerca de la tienda de comida preparada y, al ser popular, hay cola, además la cola está al sol, de hecho agradezco enormemente que la gente se haya puesto a hacer la cola de cara al sol (sí, ya sé que como referencia político/musical dan ganas de vomitar, pero en días de encierro a mí me da el punto lagartijilla)

Me pongo a la cola y viene un chico con dos perros a decirme que estaba él antes y había otra persona que ha ido un momento a hacer no sé qué, no discuto porque me habla de forma muy educada y tranquila, porque me encanta estar al sol, no tengo prisa ninguna por volver al encierro y porque con “la que está cayendo” no veo lo de discutir por bobadas. Además, en seguida me doy cuenta de que la voz me es familiar, y sorprendentemente, en seguida caigo, B., mi compañero de Aikido. Digo sorprendentemente porque hace más de diez años que no lo veo y porque una mascarilla le tapa media cara. Cuando digo su nombre, se me queda mirando, pienso que entre mi propia mascarilla y todo lo que he cambiado en estos años no me va a reconocer, pero sí, me reconoce, se alegra de verme. Nos sonreímos y nos miramos con la impotencia de no poder besarnos ni abrazarnos. Me pregunta cómo estoy y yo contesto como suelo hacer, “bien, muy bien”, nos reímos y aclaro, a ver, todo lo bien que se puede estar en una pandemia. Le resumo por encima, mi familia está bien, tengo trabajo… El me contesta, también está bien, tiene terraza, sale a pasear a sus dos perros. Hablamos de la necesidad de salir y comentamos lo difícil que está siendo para las peques. El gusto repentino que hemos desarrollado por las colas. La locura de todo, le digo que yo ayer no salí a comprar la fruta porque no me apetecía y me dice que no le extraña, que si no hace sol todo es peor. La conversación termina porque llega su turno en la cola, la precariedad de las relaciones personales en tiempos de “distanciamiento social”. Nos despedimos, él menciona que se ha alegrado de verme, yo también. Siempre me gusta encontrarme con gente en mi barrio, pero en estos momentos me produce una emoción especial. Además, hay gente en la vida que no es imprescindible, que parece que se marcha y no los echas de menos, pero que durante el tiempo que están aportan luz y calor y es agradable, como el sol en la cara un día de mediados de abril. B. es una de esas personas y tiene una cualidad que valoro mucho, la risa fácil y sonora, la carcajada siempre a punto de estallar. Sigue leyendo