Votad malditas! (o no)

Votar con una pinza en la nariz, votar y que te salga un sarpullido después, votar por las 6.195 fallecidas en las residencias gestionadas por Ayuso a quienes se negó la atención sanitaria. Votar por defender la sanidad y todo lo público, Votar con miedo, votar con rabia, votar con ganas, votar con esperanza de que cambien las cosas, votar como una herramienta más, votar contra el fascismo y el neoliberalismo, votar contra el cinismo y la desvergüenza de llamar “mantenidos y subvencionados” a quienes sufren el hambre. Votar contra el “efecto Ayuso”. Votar por responsabilidad con las que son peques y las que están por venir. Votar contra todos los negacionismos. Votar a pesar del hastío, votar como primer paso para ir construyendo algo mejor poco a poco. Votar sin creer en la representación, Votar con pragmatismo. Votar porque sabes que hay quien no puede votar, a pesar de sufrir las consecuencias del resultado. No votar, pero concienciar a quien te rodea para que no vote a la derecha. Votar contra su apropiación de la palabra libertad, que es sólo para ellas y que significa libertad de explotar, mientras nos niegan a nosotras los derechos más básicos. Votar contra la corrupción y las cloacas. No votar, pero organizarte en tu barrio. No votar, pero ceder tu voto.

Hay que echarles, gente, nos va la vida en ello.

Sobre el discurso Terf*

Me acabo de enterar de que varios Grupos Políticos se han comprometido a registrar como Proposición de Ley el borrador de la Ley Trans (elaborado por colectivos en defensa de los derechos de las personas trans) poniendo fin a la huelga de hambre que 70 personas, tanto trans como familiares, estaban llevando a cabo en todo el estado español. Coincide esto con un momento en el que, ante el hartazgo que me provoca la transfobia de algunas feministas, he decidido sentarme a escribir mis impresiones sobre las terfs y sus discursos. Mi intención es simplemente sacar el debate de mi cabeza por pura salud mental, necesito contarlo con mis palabras, aunque soy consciente de que ya hay abundante material al respecto. (Aprovecho para compartir un texto que desde luego supera cualquier cosa que yo pueda decir)

Lo primero que tengo que reconocer es que no estoy entendiendo absolutamente nada. No entiendo que mujeres feministas, con capacidad para reflexionar, con herramientas para informarse, con sensibilidad hacia las injusticias (se supone) hayan elegido dirigir tanta atención y energía hacia las personas trans, como si estas fueran un peligro. En el patriarcado que yo vivo, lo que las personas trans hagan con su cuerpo es el menor de mis problemas. Vamos, que no es mi problema en absoluto, de verdad que no me afecta. No entiendo que se vea a las personas trans como “el enemigo”. Para mí son compañeras, compañeros y compañeres de lucha por derecho propio porque viven la opresión patriarcal. Enma Goldman decía “quien no se mueve no siente las cadenas”. Tal y como yo lo veo son nuestras compas trans quienes más “se mueven”, quienes rompen una regla fundamental y no escrita del patriarcado determinista y binarista, por eso se las castiga. Por eso todas las violencias que sufren las personas trans nos muestran hasta dónde llegan las cadenas, cuánto pesan y también cómo se rompen. Ponen al descubierto este andamiaje patriarcal que se basa en la supuesta existencia única de dos tipos de personas, que además se necesitan, se complementan y bla, bla, bla. Por todo esto y por simple humanidad hay que apoyar la lucha de las personas trans porque sufren violencia material, económica, sexual y simbólica tanto o más que las mujeres cis (sí, somos mujeres cis. Antes de que apareciera este término a las personas que no eran trans se les llamaban personas “normales”. Además de lo violento del término para quien no entra en esta normalidad, ¿Quién quiere ser normal?) Y si no las quieres apoyar, por lo menos no estorbes. Es una cuestión básica de Derechos Humanos.

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Filosofía de garaje, el arte de pensar juntas.

Me siento una buscadora de teorías, conceptos, prácticas que sean avanzatorias hacia un horizonte donde todas las vidas sean dignas de ser vividas. Todas, sin distinciones. Ni por racialización ni por identidad de género. Sin olvidar la clase, género, estatus migratorio o localización, orientación sexual, capacidades, edad o especie.

Seguro que es cosa de las posibilistas ese dicho oriental de “que en toda crisis hay una oportunidad de mejorar”, yo me confieso de esa tribu, de las que creen en la capacidad humana de mejorar. Eso sí, hay que poner interés en mejorar, no creerse perfectas.

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Daisy Coleman, Nosotras no te olvidamos!

El viernes 8 de agosto disfruto tranquila de mis últma tarde de playa. Entre el ruido de las olas, la brisa y la música de un altavoz cercano doy un repaso superficial a las redes sociales. Como siempre, cargaditas de malas noticias.

Leo Un post que cuenta cosas que ya sé. Habla de Daisy Coleman, de su violación cuando era una niña a manos de 4 tipos mayores que ella. De cómo uno de ellos, Mathew Bannet, el dueño de la casa dónde se produjo, era nieto de un senador y no pisó nunca la cárcel. Y relata el trabajo de Daisy como conferenciante y su participación en el documental de Netflix, “Audrey y Daisy”. Todo esto ya lo sé, repito, porque vi el documental en su momento, y me llama la atención porque justamente le hablaba de él a mí amiga en una conversación sobre el peligro de las redes sociales para las chavalas de ahora. No solo son violadas, o abusadas, ahora además son perseguidas y estigmatizadas por ello y todo eso se convierte en un entretenimiento a tiempo real para gente sin corazón, que las llama “guarras” y “mentirosas”. El documental cuenta cómo Audrey se suicidó y Daisy intenta superar lo sucedido, se junta con otras chicas que han sufrido lo mismo, creando una red de apoyo para luchar contra el estigma. Ojalá la vergüenza cambiara de bando. Sigo leyendo el post, mi modo de lectura es tan similar al de una ameba que aún no me he preguntado por qué alguien (Simplemente ellas) se está tomando la molestia de contar todo esto ahora, tanto tiempo después del estreno del documental, pero esa pregunta sin formular enseguida encuentra una respuesta: “Daisy se suicidó ayer. Tenía 23 años”. La noticia me deja tan perpleja que en un primer momento me niego a creerla. Me agarro absurdamente a la posibilidad de una noticia falsa, de una broma cruel, de algún tipo de malentendido. Pero lo busco y en seguida aparecen varios medios hablando de ello. Mencionan una investigación y el suicidio como causa probable, su madre lo ha dicho claramente en redes: “mi hija se suicidó esta noche”. La noticia que leo sobre su muerte, todavía habla de su “presunta violación”. Nadie fue condenado, solo Daisy, en realidad, que fue condenada a ser perseguida, insultada, vejada y cuestionada, además de, imagino, a vivir acompañada del recuerdo de esa noche horrible.

Me meto en el mar, intentando que las olas arrastren mis lágrimas y mi pena y se la lleven lejos. Pienso en lo mucho que me afectan los suicidios de mujeres jóvenes que han sufrido la injusticia; Patricia Heras, Eliza Kendall y ahora Daisy Coleman y reflexiono sobre cómo hacer para que nuestra herstory, el relato de las vidas de las nuestras, incorpore también a las perdedoras, a las que no pudieron más y se rindieron, porque gran parte del mundo las abandonó y nosotras no podemos hacerlo.

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Poema de amor

Hablan de patria, nosotras de barrios.

Aman una nación, nosotras el planeta.

Ondean una bandera, nosotras nuestra solidaridad.

Defienden sus privilegios, nosotras que nadie se quede atrás.

Luchan por el poder, nosotras por una sanidad pública y universal.

Les mueve el odio, a nosotras el amor, amor de loba defendiendo su manada, amor con uñas y dientes.

Heredan cargos y propiedades, nosotras historias de lucha.

Salen a la calle a agredir e insultar, nosotras a cuidar a las vecinas.

Temen la diferencia, nosotras la abrazamos.

Tienen orgullo, nosotras memoria y dignidad.

Su pataleta acabará cuando se salgan con la suya, nuestra lucha nunca termina.

Crónica barrionalista

 

Hoy me siento especialmente animada, he salido a dar un paseo a primera hora con un amigo y he vuelto muy contenta, ni si quiera tengo muy claro por qué. Tal vez por ir retomando cada vez más la vida social en persona, aunque no es el primer paseo que doy acompañada, o tal vez porque estamos buscando piso y hemos ido todo el paseo fijándonos en los balcones, al acecho de letreros de SE VENDE. Es bonito compartir algo tan lleno de posibilidades y a la vez que nos da tanto miedo como un cambio de casa, pero también influye el poder compartir el amor por Lavapiés, recorrer cada rincón, hablar de las calles que más nos gustan y las que menos, buscando el mejor sitio para vivir. Vamos teniendo conversaciones que se interrumpen constantemente, “mira, un letrero”, “a mí esta esquina me encanta, mira esa terraza” y se retoman en el mismo punto en que se quedaron, hablando de mil cosas a la vez. Quienes me conocen saben que soy barrionalista y que Lavapiés es una parte central de mi vida, pero sólo recientemente he nombrado este sentimiento cómo amor, y ahora me veo declarándome a cada paso, hablando con amigas y vecinas, haciendo fotos casi de forma compulsiva y confirmando mi lealtad a pesar de los cambios en el barrio. Sigue leyendo

El 15M en tiempo de pandemia. 9 aniversario

Y como no podía ser de otra manera, llega el 15M y nos buscamos para escucharnos y para pensar juntas. Pero claro estamos en tiempos de pandemia y eso dificulta ir a las plazas.  Dificulta pero no impide, decididas a tomar la CiberPlaza las compas del 15Global han propuesto una agenda muy interesante.

Porque aunque nos parezca que aquella acampada no sirvió de nada, yo no puedo evitar sentir los ecos en algunas cosas que están pasando. Es probable que sea porque yo descubrí en las plazas algunas de las luchas. En concreto estoy pensando en la Renta básica.

Lo importante es no olvidar que lo que nos hizo fuertes fue juntarnos y escucharnos. Tender puentes y no cavar zanjas. “Ponerle ruedas a nuestras trincheras” como me digo un vecino una vez.

Quiero compartiros una charla de José Luis Sampedro a la que tuve la suerte de acudir.  Nos lo decía en Junio del 2011 pero es igual de útil hoy. Como EL dijo que el 15M sea una escuela de pensamiento.

https://goblinrefuge.com/mediagoblin/u/revueltafeminista/m/jose-luis-sampedro/

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Crónica de las banderitas de colores

Hoy cuando salgo a la calle veo una instalación de banderitas de colores, como otras que he visto en Lavapiés, de balcón a balcón de la calle, supongo que colocadas específicamente para este momento y con la colaboración necesaria de vecinas de distintos edificios. Esta destaca por lo compleja que es, con muchas filas de banderitas cruzadas, un corazón en el centro y un cartel muy colorido que dice “lo vamos a conseguir”. Sé que hay quien critica este tipo de carteles tipo “todo va a salir bien” por ser de un optimismo desconectado de la realidad, un poco positivismo de taza de Mr Wonderful que a mí, en general, me desagrada bastante, lo considero individualista y muy vinculado al modo de vida neoliberal. Y en este caso, además, es evidente que no todo va a salir bien, que para alguna gente ya esta saliendo mal y para otras muchas va a salir fatal, así que comprendo la crítica. Sin embargo, reconozco que a mí personalmente me puede el optimismo. En el fondo es que estar de mal rollo o preocupada me cansa un poco, soy poco constante para el miedo o la pena. Además me parece que la gente está expresando más una necesidad que una creencia, que se repite esto como un mantra, para hacer más tolerable la situación. Necesitamos herramientas para mantener la esperanza, las ganas, agarrarse a cualquier clavo ardiendo, ya sea con banderitas de colores en los balcones, cartelitos con arco iris o escuchar “Resistiré” a diario con las vecinas en el balcón, cada quien se busca las suyas, quién somos nadie para criticar las del resto (quizás quien esté hasta las narices del Resistiré a todo trapo todos los días, tenga algo que decir sobre esto). También los balcones hablan de que “la sanidad no se vende, se defiende”, no es todo arco iris y corazoncitos.

Mis banderitas de colores, a las que me agarro para no caer en el desánimo son las personas con las que me cruzo. Hoy mi vecina F. me ha dado dinero para que lo lleve a la despensa solidaria del barrio, estoy segura de que no le sobra. Me dice que el hecho de que alguien vaya a hacerle la compra le supone una ayuda enorme, que no nos podemos ni imaginar, me lo dice desde el corazón y a mí casi se me saltan las lágrimas. Después voy al Vips a comprar comida por segunda vez en dos semanas, cuando estoy pagando con tarjeta, lo cual es obligatorio, me doy cuenta de que no estoy dejando propina, y así se lo digo al trabajador según se me pasa por la cabeza. En seguida me responde que no me preocupe, “si nosotros lo que queremos es que vengan” y la frase me emociona por su sinceridad. En la bolsa también hay mensajes imitando una caligrafía manual “todo va a salir muy bien” “ánimo” que en este caso a mí me demuestra, más bien, como las empresas se apropian de las emociones humanas y me recuerda más al dichoso Mr. Wonderful.

Recuerdo con todo esto, que cuando iba a clases de danza oriental y hacíamos espectáculo de fin de curso, una compañera y yo siempre bromeábamos con una escena de “Shakespeare in love”. En ella, después de todo tipo de obstáculos en la producción de una obra, un personaje le dice a un mafioso, productor primerizo, “no te preocupes, al final todo acaba saliendo bien” “¿pero cómo?” le pregunta el mafioso escéptico, “nadie sabe cómo, pero al final, todo se arregla”. Mi compañera y yo nos repetíamos esto cada vez que fallaba el sonido, algo se rompía o había cualquier problema con alguna prenda de ropa. Volviendo encuentro, por fin, la primera librería abierta, muy cerca de casa, no puedo pasar porque ya hay alguien dentro y charla tranquilamente con la librera, pero saber que está abierta ya me da cierta sensación de que, si esto no se va a arreglar, al menos parece que tiene ganas de mejorar, aunque nadie sepa cómo.

Crónica del inicio de la desescalada

Hoy hace calor, pero está nublado, salgo con ganas de comprobar como se desarrolla esta fase que comienza. De momento he llamado a la peluquería donde me corto el pelo, pero D. no me ha contestado, normalmente no abre los lunes, pero pienso que quizás este lunes es la excepción, así que lo primero que hago es acercarme a la peluquería por si está abierta, no lo está. Veo que la mercería de Tribulete sí que ha vuelto a abrir, me hace ilusión, me dan ganas de entrar, pero no se me ocurre nada que comprar, así que me voy al mercado a comprar aceitunas de Campo Real, que son mi nueva droga. Dentro hay muy poca gente, supongo que por ser lunes, aunque en otro sitios sí que hay colas. Hay una caja de cartón en el suelo con un letrero que dice “despensa solidaria”, al lado hay un chaval que me mira y casi se decide a hablarme, yo no me acerco, porque ya he colaborado de otras maneras y no estoy muy comunicativa. Compro mis aceitunas y me voy a la frutería de Mesón de Paredes, hoy no hay sol, la cola de espera no es tan apetecible, pero ya me he acostumbrado a esta frutería, además, está cerca de Traficantes de Sueños, la librería, así que decido acercarme a ver si está abierta o hay algún cartel de cómo se va a organizar esta nueva fase. Está cerrada, segundo chasco del día. Solo hay un cartel explicando que atienden pedidos por el telefonillo. Vuelvo a la frutería, por el camino, veo a una mujer en una silla de ruedas en un cajero, parece que tiene dificultades, pienso en ayudarla, pero me temo que al ser un cajero, la mujer se asuste, en seguida le pide ayuda a un hombre que está justo a su lado, efectivamente no podía leer lo que estaba escrito porque le daba el reflejo y no llegaba, el hombre le explica que el cajero está fuera de servicio. Es una pena que la ciudad no esté pensada para todas.

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Crónica de los hombres en la compra

Ayer hablaba por teléfono con mi madre. Ahora me llama todos los días, yo creo que hay días que me llama dos veces, aprovechando la confusión temporal de esta cuarentena de día de la marmota. El caso es que le contaba que mi vecina F. me había pedido que le hiciera la compra otra vez, es el precio a pagar por no hacer el Pepe Viyuela con el carrito y las bolsas, ya se le han terminado muchas cosas, además, según me escribió por wasap, es el cumpleaños de su hijo pequeño. Cuando se lo cuento a mi madre, ella se alegra, así escribes otra crónica, me dice. Cómo no llevo bien las expectativas, protesto, que no se piensen que cada vez que salgo a la calle voy a escribir una crónica, pero no lo llego a decirlo en voz alta porque mi madre ya ha pasado al siguiente tema de conversación. Hablar con mi madre por teléfono requiere toda mi concentración, como me quede un segundo pensando ya me ha contado veinte cosas más y no me he enterado.

El caso es que hoy voy a hacer la compra a mi vecina, llego a su portal y lo primero que hago es pisar el suelo recién fregado del ascensor, el portero se lo toma con filosofía, si no eres tú, habría sido otra, reconoce. Hay que decir en mi favor que le pido disculpas antes de entrar, es que es un quinto, le digo, y que entro en el ascensor con ese paso grande, exageradamente cuidadoso, algo dramático, que parece querer decir “te piso lo fregao, pero poco”. (En realidad me doy cuenta de que le llamo “el portero” solamente porque es un hombre, solo le he visto fregar el suelo del ascensor, los otros días que he venido no estaba). Ya en la puerta F. me da las instrucciones precisas y me vuelve a recordar que no traiga mucho peso.

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