La mujer de Schrödinger (#NiUnaMenos)

El patriarcado no se rige por las leyes físicas del mundo tangible y la lógica formal, sino que está sujeto a particularidades dignas de estudio similares a las descubiertas a raíz de los quarks y los spin.

Sólo de este modo es posible explicar que una servidora vaya caminando por la calle, y un observador pueda juzgar que soy “preciosa, pero al momento siguiente opine que “no soy tan guapa y no debería creérmelo tanto“. Por lo visto, el mero hecho de replicar al observador que “no me gusta que los desconocidos opinen sobre mi cuerpoaltera las propiedades materiales y físicas del mismo haciéndolo mucho menos bello y atractivo (siempre en base a criterios que otros como él han determinado).

De forma análoga a lo que ocurre con el famoso Gato de Schrödinger (que si vivo o que si muerto) resulta imposible saber si cada noche que salgo de fiesta voy a ser una “puta” o una “puritana. La teoría dice que seré ambas cosas (simultáneamente) hasta que un tío me entre en el pub mientras estoy tranquila bailando a mi bola y, sólo entonces, la superposición de escenarios cuánticos posibles se concretará. (Sí, básicamente todo viene dependiendo de si le doy bola o no).

Pero ni siquiera esto es del todo fiable, porque luego resulta que existe un estadio intermedio de la materia que se alcanza cuando bailo (dicen) contoneándome, pero luego tengo la osadía de rechazar a quienes se me acercan para ofrecerme lo que estaba “pidiendo a gritos“. Vamos a ver ¿Para qué hacemos las mujeres ese tipo de cosas con la clara intención de provocar a los hombres (todo lo que hacemos es siempre por, para o en referencia a los hombres) si luego no vamos a estar a la altura de las expectativas que despertamos? En la naturaleza, el “plasma” no es ni solido, ni liquido, ni gas y, en la noche, la “puta puritana” ni es una auténtica puta, ni es puritana del todo. Un quilombo, vaya.

Pero no debemos caer en la tentación de pensar que todo es incertidumbre en ese misterioso universo subatómico machuno: También hay certezas inmutables, como en el caso de la Ley del Calientapollismo Universal. En ella se enuncia que “cuando la fuerza con la que se atraen dos cuerpos se disipa y el de la mujer se va a gravitar a otro sitio, esta será siempre tildada de calientapollas“. Nunca falla, como si fuera la Ley de Dios escrita en piedra. Los presupuestos teóricos son los siguientes:

1.–Yo, como mujer, debo tener muy claro lo que quiero (es decir, si deseo sexo o no, hasta que ‘base’ deseo llegar esa noche, si deseo algún tipo de implicación emocional o no, etc) ANTES de iniciar cualquier interacción con un hombre desconocido (sostener una mirada, aceptarle conversación, permitir que me invite a una copa, etc) y especialmente si esta tiene un carácter eróticofestivo (flirteo, coqueteo, gesto sexy, etc) para a continuación –esta parte es de crucial importancia– clarificárselo de forma explícita, con la mayor premura posible y la más exquisita educación PORQUE:

2.–Una vez la sangre entra en tromba en el cuerpo cavernoso (como resultado univoco de mi interacción) adquiero el compromiso y la responsabilidad de conducir esa erección hasta su eyaculación correspondiente. Es justo y necesario. Porque, a ver ¿Qué me he creído que soy? ¿Una persona? De ningún modo. Sólo soy una mujer. Yo no puedo querer sexo y luego no quererlo. Mi deseo sexual inicial debe ser mantenido y estable y NO estar sujeto a ningún factor ni condicionante interno o externo que pueda modificarlo a la baja (al alza en cambio si, ahí se puede). Yo no tengo derecho a desear tener sexo pero de una forma distinta a como al hombre le apetezca porque, en ese caso, debería haber especificado antes a qué cosas no estaba dispuesta para que el pobrecillo pudiera haber ido haciéndose a la idea o, en caso de no conformarse con lo que “le ofrezco“, haber podido buscarse otra candidata (más puta que yo) en vez de hacerle perder el tiempo que ha invertido en mi.

Lo curioso de esta lógica es que sólo parece funcionar en un sentido: si yo, simple mujer, digo, repito, insisto y tengo que volver a repetir que “NO quiero NADA” rara vez se produce una reacción acorde. ¿Han pensado alguna vez en la expresión “meter fichas“? Creo que es una metáfora muy visual, porque la mayoría se comportan como ludópatas de esos que piensan que a más fichas meten más probabilidades de que les toque el “premio gordo” y, al mismo tiempo, más dinero invertido pierden si se retiran en ese momento, dejando la maquina “caliente” para que el premio se lo lleve el siguiente “pringado” que meta una única moneda “probando suertes“. Así es, amigas: cuando nos “meten fichas“, nosotras somos la tragaperras y conseguir que nos abramos de piernas el “premio gordo“.

Pero vamos a lo importante: lo que las feminazis solemos llamar violación es (en realidad) una especie de clausula de rescisión justa y equilibrada que viene a penalizar el incumplimiento del contrato que he firmado tácitamente con mi actitud de guarra.

Es decir, si el hombre agraviado decide (siempre de forma voluntaria y libre de coacción) no forzarme a follar, debería mostrarle agradecimiento eterno por dejarme salir de allí “de rositas” (qué menos que ofrecerme a hacerle una pajilla, ¿no?). Pero si por el contrario decide metérmela allí mismo, también debería estar agradecida; al menos me habría ahorrado un montón de trámites tediosos e innecesarios. Imaginad por un momento que ese hombre me denuncia por nuestro desencuentro erótico. Cualquier juez me encontraría culpable del delito de calientapollismo (con nocturnidad y alevosía) y yo sería condenada a chuparle la polla ante notario a modo de reparación por los daños y perjuicios (morales contra su ego de machito y materiales por su dolor de huevos) o bien a pagarle una fuerte indemnización económica (sin contar con las costas del juicio, que también son un pico).

Es que, compañeras, a ver cuándo aprendemos de una vez que violación es únicamente lo que ocurre cuando un encapuchado nos asalta (navaja en mano) en un callejón oscuro.

Aunque sobre esto… también habría mucho que matizar, porque claro: si cuando yo camino por la calle a deshoras percibo que un hombre se acerca detrás de mi, no debo desconfiar de sus buenas intenciones. Que en el país donde vivo se cometa una violación cada 7 horas y que el 99% de los violadores sean hombres no significa que todos los hombres lo sean y, por lo tanto, cruzar de acerca o apretar el paso podría ser ofensivo para él y con razón: estaría cometiendo una generalización injusta. No le conozco de nada así que… ¿quién me creo yo para juzgarle de ese modo? ¿Tan irresistible pienso que soy como para que un hombre al azar pueda intentar hacerme algo… precisamente a mí? ¿Pero yo me he mirado a mí misma al espejo? ¡Venga ya! ¡Ni que fuera una de esas modelos de las marcas de ropa interior!
Sin embargo, si finalmente resulta que el tipo quería (efectivamente) violarme y me mete en el hueco de un garaje para hacerlo poniéndome la navaja en el cuello, habrá sido responsabilidad mía por no haber hecho nada para prevenir o repeler la agresión. Me lo merezco por ser confiadamente estúpida y descuidada.
A esto se le conoce como el Principio de Incertidumbre del Violador y enuncia la imposibilidad de ser mujer y víctima de una agresión sexual al mismo tiempo.

Además, las mujeres solemos juzgar con demasiada ligereza: que un hombre nos viole no implica necesariamente que sea un violador, que hay que reconocer que a veces somos muy de colgar calificativos así… alegremente. ¿Y si resulta que le he provocado de forma pasiva y ni siquiera me he dado ni cuenta? Todas sabemos ya que un escote pronunciado o una falda corta pueden causar el efecto (biológicamente documentado) de que todo el riego cerebral de cualquier hombre (incluso al más formal y respetuoso) baje repentinamente hasta su miembro, induciéndole un estado de frenesí donde deja de ser responsable de sus actos. Nosotras no podemos entenderlo porque no tenemos (aunque bien que nos gustaría) y eso del pensamiento científico se nos da bastante regular; nuestro fuerte son los sentimientos y emociones. Por otra parte… ¿qué demonios hacía yo fuera de casa a esas horas? ¿en qué pensaba cuando decidí caminar sola?

En fin, en resumen lo que intento es hacer un poco de auto-crítica y explicar que nuestra visión feminista del patriarcado quizás ha pecado de reduccionista. Puede que haya llegado la hora de buscar la igualdad, si, pero sin perder de vista la forma en que los hombres puedan sentirse respecto a nuestra lucha.

O eso, o bien empezar a organizarnos de una puñetera vez para conseguir que NI UNA SÓLA agresión machista más quede sin respuesta. Autodefensa y sororidad.

P.D.: Un caluroso saludo y mi más sincero afecto y apoyo a todas las mujeres valientes levantadas en pie de guerra y huelga. Espero que muy pronto Chiara Páez sea la Ana Orantes de la Argentina, la mujer cuyo asesinato signifique un antes y un después para la Violencia de Género en mi querida Latinoamérica natal. #NiUnaMenos

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