Mi vida sin miedo

NOTA: Este post fue escrito originalmente para publicar en Locas del Coño con todo mi cariño. Por discrepancias ideológicas con el nuevo enfoque que ha adquirido dicho proyecto en los últimos tiempos, he solicitado que lo retiren y procedo a publicarlo aquí para que pueda seguir siendo consultado.

El otro día una compañera narró cómo, después de que violaran a ¡otra! de sus amigas, había decidido apuntarse a ‘Kick Boxing’ y lo acabó dejando por el ambiente que se encontró: “chicos jóvenes, de 20 años a lo sumo, con muchas ganas de pegar, pegar porque sí, violencia gratuita y gratificante, esa era la razón por la que ellos lo hacían” Al explicar que su motivación era bien distinta dijo algo que me llegó al alma y me hizo llorar de rabia e impotencia: “Yo sólo quería que no me violasen“. ¡Sólo! Como si fuera mucho pedir. Como si de un privilegio se tratase. Cuando por fin se me agotaron las lágrimas me sequé la cara con los puños aún apretados y me puse a escribir estas líneas, porque deseo (necesito) deciros algo:

Quiero dejar claro que vuestro dolor es también mi dolor. He sentido miles de veces ese mismo miedo a la violencia (a sufrirla y también a tener que ejercerla como legítima defensa). La virginitifobia ha sido también un lastre para mí durante demasiado tiempo. Pero hoy no he venido a compadecernos, sino todo lo contrario: a recordarnos (porque en el fondo ya todas lo sabemos) que hay otro camino. Quiero deciros que, no sé bien cómo ha sido, pero yo he renunciado a sentir miedo.

Mi familia, mis amigos, mis conocidas, todos creen que estoy loca. Me paso la vida mandándoles callar cuando me llaman imprudente o me juzgan con sentencias del tipo: “Confundes la valentía con la temeridad” y eso que no se enteran ni de la mitad de cosas que hago, no porque les mienta sino porque prefiero omitir algunas para no tener que soportar más sermones. Tengo 30 años, vivo sola y hago infinidad de planes sola, desde los más mundanos como ir al cine o a cenar a un restaurante, hasta otros menos convencionales, como salir a pasear al fresco de la madrugada (sin evitar parques o zonas mal iluminadas) cuando soy incapaz de dormir porque estoy rayada con mis pensamientos. Incluso, (por disponer de mayor flexibilidad laboral que la mayor parte de mis conocidos y reservar en las fechas más baratas) cuando viajo a conocer otra ciudad o país suelo hacerlo sola.

Os mentiría si dijera que nunca me he llevado un susto. Varias veces un coche me ha perseguido a mi paso mientras yo caminaba por la acera. Una vez un hombre me abordó en un descampado por el que cruzaba para atajar de vuelta a mi casa. En una ciudad extranjera tuve que salir por patas, huyendo sin conocer las calles, hasta dar esquinazo a un grupo de machitos que empezó a perseguirme entre gritos. No soy ninguna inconsciente; pese a sentirme orgullosa de haber sabido controlar mis nervios para poder salir airosa de esas situaciones, reconozco que siempre he tenido mucha suerte y que, en cualquier momento eso puede cambiar.

Si finalmente algo me ocurriera, un montón de personas (desconocidas y conocidas) opinarán que ha sido por mi culpa (aunque no se atrevan a decírmelo a la cara), pero ¿sabéis? No me importa. Porque da la casualidad de que ninguna de las tres veces que he sido violada fue por asumir una situación de “riesgo innecesario sino, curiosamente, haciendo cosas que podría hacer cualquiera de nosotras, como salir de fiesta o liarme con un desconocido en su coche y… ¿adivináis? me culparon a mí de todos modos porque, por lo visto, después de haber retozado durante una hora y haber acabado sin ropa ya es demasiado tarde para echarse atrás y, si has bebido demasiado hasta acabar casi inconsciente, que un hombre mayor te lleve a su casa para hacerte lo que quiera sin protecciónEs una mierda, pero… es tu problema, chica, aprende a beber menos para la próxima vez“.

¿Pues sabéis que? No me da la gana. Elijo no tener miedo. El truco no consiste en no sentirlo (porque eso es imposible) sino en no estar dispuesta a que te domine. Yo he decidido que mi miedo no va a limitar mi vida, mis movimientos, mis decisiones. Coexisto con él y lo utilizo en mi favor para mantenerme alerta, pero no pienso volver a dejarme amedrentar; porque considero que sólo hay algo peor a que me violen, y es vivir con el miedo constante a ser violada

…o agredida. Porque cuando recibo un piropo por la calle contesto y, si es especialmente faltoso, me encaro con el tipo y me importa cero si va borracho o está con su grupito. Nunca me pasó nada, al contrario, son ellos los que se acojonan cuando tienen delante a una mujer empoderada. La única vez que he “recibido” fue por defender a una hermana que estaba visiblemente incomoda, acorralada en un rincón del pub por un enfarlopado. Al intentar separarle de ella, me dio un tremendo bofetón y, cuando caí al suelo, se metieron otros chicos y se montó una buena trifulca hasta que acabaron echándole de allí.

¿Quiero decir con esto que todas las mujeres deberían ser y comportarse como yo? En absoluto. En su artículo Sara nos invitaba a reflexionar sobre si debemos cambiar para defendernos del patriarcado. Hoy mi respuesta es que NO. No debemos cambiar en NADA nuestro cuerpo ni nuestra manera de ser, pero (siempre hay un pero) para que nuestras hermanas puedan permitirse ese “lujo” y seguir estando a salvo, debemos ser legión ante el enemigo. Juntas podemos. Cada par de ojos de una de las nuestras debe aprender a detectar, señalar y denunciar cualquier agresión machista, y cada par de puños (de las que si tenemos “esa predisposición, ese instinto” que a Sara le falta) deben estar dispuestos a neutralizar la amenaza por las buenas o por malas.

Si nos tocan a una, nos tocan a todas. No importa a quien: ya sea nuestra querida compañera activista o una “amiga de los hombres” (como fui yo en otro tiempo) o la más alienada de todo el país. La “sororidad como autodefensa” no puede ser sólo un bonito eslogan. No podemos permitir que nuestros encendidos debates y discrepancias irreconciliables sobre metodologías, matices y etiquetas nos hagan olvidar algo:

TodAs viajamos en el mismo barco y la suerte de cada una de nosotras está trenzada con la del resto. Mucho cuidado, Dalas, Álvaro Reyes, machirulos anónimos, etc. ninguna agresión quedará sin respuesta porque, al fin, estamos dejando de teneros miedo.

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4 comentarios sobre “Mi vida sin miedo

  1. Sinceramente esa especie de actitud de “por ser mujer se es víctima” manda huevarios. A los hombres se les enseña a ser combativos porque son hombres pero no a controlar su naturaleza agresiva, a las mujeres a ser víctimas, así, sin más. Kung fu es una buena cosa que aprender si encuentras una buena escuela (Choy lee fut está bien y el tai chi aunque no parezca para defensa también) y no hay nada más hermoso y terrorífico que una mujer guerrera.

    1. Buenos días, macho anónimo.

      Lamento comunicarle que efectivamente, por ser mujer se es víctima aunque a usted le “mande huevarios”. En eso consiste fundamentalmente pertenecer a un colectivo discriminado y oprimido históricamente, y supongo que usted no puede verlo porque es difícil hasta que se sufre en primera persona, y aún entonces cuesta porque todos estamos alienados por los valores y creencias de nuestra sociedad opresora. Por supuesto no tiene necesidad de creerme, pero le rogaría que fuera un poco mas respetuoso con sus opiniones sobre cosas que no conoce ni comprende y lanzadas desde su experiencia y visión como privilegiado.

      Lo que hace usted en su comentario, básicamente, es culpar a la victima. Si a usted le dan una paliza sin venir a cuento de nada, la culpa no es suya por no haber sabido defenderse con kungfu o lo que sea, sino únicamente de su agresor. Lo mismo puede aplicarse a las agresiones que nosotras sufrimos por ser mujeres.

      Y por ultimo, le diré, con todo el respeto, que nos suda el coño lo que usted considere o deje de considerar hermoso y terrorífico. Lo que nosotras hacemos, no lo hacemos para vernos hermosas ante los machos, sino para sobrevivir.

      1. Admito que no me he expresado bien, pero no, no quería menospreciar a nadie y nada de macho.

        Quería decir que la sociedad ya da a las mujeres la etiqueta de víctima, se nace con vagina y ya te educan para ser víctima, para no ser fuerte, para no saber defenderte, para… ¿qué te voy a contar?

        Si la educación fuera desde la igualdad, desde pequeñas ser todas personas y luego la sexualidad en lugar de sexualizar desde la cuna, si a las mujeres se nos enseñase a ser fuertes y se acabase con eso de “haces X como una niña/mujer” y a los varones a que sus emociones pueden ser más que la agresividad y la competitividad… Utopías.

        Jamás culparía a la víctima. Hay estudios que demuestran que los violadores y otro tipo de asaltantes por lo general van a por un tipo de persona, por su lenguaje no verbal y cosas así. Mujeres dóciles, apocadas, amansadas, ninguneadas por el machismo imperante desde que nacen. ¿Es culpa de la víctima? No. Jamás. ¿Habría sido víctima si no le hubieran impuesto el papel desde que nace? ¿Habría tantas violaciones si se educase a los varones con valores feministas y se entendiera de una vez que la cárcel ha de ser rehabilitadora y que si no hay rehabilitación posible (caso de la práctica totalidad de agresores sexuales de todo tipo) no se debe dejar en libertad a esos individuos?

        Una mujer que se sacude el yugo de los hombros y conoce su fuerza es hermosa para sí misma y precisamente las artes marciales aportan seguridad y te enseñan de qué es capaz tu cuerpo.

        Una víctima no nace, la hacen, y, si la única salida es la autodefensa, los agresores deberían temblar de miedo.

      2. Perdón por haber malinterpretado tu mensaje y la agresividad de mi comentario. Supongo que últimamente tengo el umbral mas bajo que de costumbre. Un saludo,

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